Silvio Hoffman- Argentina
Un chico ha sido muerto por las balas Un chico ha sido muerto por las balas. Cuando amenazaba al señor panadero para robarle el dinero de la caja o del bolsillo, el comerciante sacó el arma y le disparó tantas veces hasta que el joven cayó sobre las canastas y tiñó de rojo la harina. Y después la cara del niño quedó mirando a lo alto, sorprendido, sin asombro, sin entender que se moría, sin entender que había vivido. Antes no podría pensar, adormecido de alcohol, polvo de cocaína y pastillas que casi llenaban la palma de la mano. Los padres que lo ven inerte, ángel sin alas, le preguntan, ¿por qué?, se preguntan, ¿por qué? Parece un recién nacido, un lactante que tenía hambre. ¿De qué? Será que no aprendió a vivir. ¿Cómo se aprende, quién sabe vivir? Afuera, vuelan las aves negras, las que preparan sus festines, precipitándose sobre quienes andan a tientas.
Los culpables
Fue culpa de la bala y del panadero, del chico que entró a robar, de las drogas que lo enloquecían y lo alucinaban, de los que se la vendieron, de los que se la vendieron a los que se la vendieron, de los que la transportaban en bolsillos secretos, de quienes la cultivaron, de los dueños de los terrenos, de los gobernantes que les cobraban los impuestos, del cobrador de impuestos, del talonario de recibos en el que anotaban, del imprentero que los editó, la tinta que usó, del petróleo del que se fabrica la tinta, y basta.
Vivir y morir
Así que vivir y morir era lo mismo. Así que tantas privaciones, tantas quejas escuchadas desde la cuna, peleas de los grandes, falta de dinero o lugar donde dormir y jugar, de no ser lo que debía ser, manos vacías, rostros enojados, desilusionados e impotentes ante lo injusto, la injusticia malvada ciega y sorda, amasaban al niño con lágrimas amargas, voces ahogadas, pérdidas y ausencias. ¿Qué valor tendría existir si las miradas dulces, las caricias y los besos eran gritos, manotazos, violencias, hasta dormir llorando? Y de morir no se sabe. Sólo paladas de tierra. Con la esperanza de ser una bella estrella, como aquella azulada, desde la que dicen nos acompañan lo que nos amaron. Así que vivir y morir era lo mismo. El chico anestesiado, autómata, monstruo y payaso, puede ser matado para que no despierte jamás, para que no llegue a saber de la tela que tejió la araña, ni los venenos del consumo. Y si las condenas son ciertas, padres y madres podrán matar a otros hijos, hasta que les toque a los propios, la misma mala suerte.
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Por lobogabriel - 25 de Febrero, 2009, 16:57, Categoría: lecturas
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